16 abril, 2017

Retrato de Don Félix


Recostado en su sillón de mimbre el viejo parece descansar bajo la fresca sombra de las casuarinas, que plantadas en varias hileras, escoltan orgullosas el sereno discurrir del río en la tarde de verano.

Con su cabeza reclinada sobre los remos del pesado bote islero que intenta reparar por enésima vez, pareciera estar soñando con turbulentos remolinos, furiosos pamperos y torrenciales lluvias, amalgamados en el tiempo con mansas corrientes y soleados días de calma; mezcla de fluido y matorral, barro y juncos mecidos por el agua, al compás de los casi imperceptibles sones musicales de su entorno natural, que con el tiempo fue tornándose en parte su ser.

Sus ensortijados cabellos plateados por el tiempo aún conservan algo del color hermanado con el río, se entrelazan con el mimbre en el que están apoyados y en el rostro se pierden bajo la barba hirsuta, cubriendo en parte las arrugas, que geográficamente cuentan a quien las sepa leer, alegrías y pesares, sueños y esperanzas cronológicamente grabados.

Las espesas cejas muestran en su encuentro tres arrugas, que más arriba se multiplican y transforman en innumerables finísimos surcos nacidos del constante escudriñar lejanías, buscando descifrar los más reservados secretos del día y la noche, enfrentando viento, agua y sol. Debajo, los penetrantes ojos pardos, ahora cubiertos por la telaraña de delgados pliegues que recorren sus párpados de raleadas pestañas oscuras, parecen estar remembrando infinitas visiones de vivencias pasadas.

Su nariz, de base ancha y levemente respingada, lleva en su extremo la marca del sol de mil jornadas y es el punto de partida de los surcos que se pierden bajo la barba, en las mejillas y enmarcando los ojos. La boca grande, de labios finos, permanece entreabierta dejando entrever algunos gastados dientes amarillentos con manchas color tabaco, corroídos por el tiempo.

Con una de sus rudas manos sobre la rústica mesa de tronco islero y la otra colgando impotente a su diestra, porta su rostro el mapa del camino desandado en la maratón de etapas diarias, desde el vientre de su madre, hasta este, su último e inevitable destino final.

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G. Porten
De la serie "Relatos isleros"

14 abril, 2017

¡Gloria!


Corre una brisa fresca.
Un súbito oscurecimiento precede al rayo, al tremendo estallido del trueno y al temblor de la tierra.
Expira el tiempo, culmina la pasión.
Las pocas personas que quedan frente al Rey muerto lloran el aparente fin. 
Sus últimas palabras aún retumban en los oídos del minúsculo grupo que completa en silencio la frase trunca: las primeras palabras del Salmo 22.
El agua y la sangre brotan a punta de lanza y, cumpliendo lo anunciado, se rasga la túnica y es echada a suertes.Nadie reclama la corona del Rey, sus joyas son invisibles a los ojos del hombre mundano.Un hombre rico, tío y abuelo, se hace cargo del cadáver; lo traslada al sepulcro, le acomoda el sudario, y corre la pesada piedra cual punto final.El luto envuelve al universo, mientras el tiempo avanza los tres pasos que conducen a la Gloria. El tercer paso descorre la piedra y la vida vuelve a comenzar, esta vez para siempre.

¡Ha muerto la muerte!

¡El Hijo del Hombre ha vuelto a vivir!














22 noviembre, 2015

Las valijas

El hombre no elige el destino de estas breves vacaciones mundanas; recién cuando llega, comienza a explorar su entorno y lo deslumbran las maravillas que le ofrece el paisaje local.
Trae consigo dos enormes valijas para llenar durante su estancia, una para colocar objetos materiales y otra para cuestiones espirituales; sin embargo, a pesar de saber que a su regreso la Aduana le permitirá llevar consigo solamente una de ellas, reteniendo implacablemente la otra, colecciona obstinadamente valiosísimas piezas para la valija que ha de quedar, dejando que la casualidad, o tal vez la veleidosa diosa fortuna se ocupe de colocar algunos bienes, o males, en la otra.
Duele enormemente al pobre turista la certeza absoluta de la pérdida irremediable, pero a pesar de todo y a sabiendas, se obstina en colmar la valija equivocada. Muy poco le preocupa el contenido de la que, forzosamente, está condenado a llevar; porque esa valija sí, al momento de partir, es equipaje obligatorio.

Está en cada uno de nosotros preparar el propio equipaje, y es de hecho una cuestión paradójica que las valijas tengan propiedades inversas. Una es de capacidad limitada, a medida que se la carga aumenta tanto su peso como los temores que genera su contenido, material tosco, denso y perecedero. Esta primera valija condiciona la estadía y preocupa, al punto de esclavizar.

La otra, muy por el contrario, es de capacidad infinita; almacena paz interior, genera libertades, guarda cuestiones sutiles y perennes, pero lo más asombroso es que cuanto más se la carga, más espacio le queda y más ligera se hace.

De la serie "Reflexiones"
G. Porten

25 octubre, 2015

Amparo de Ángeles

Vagamente, apenas recuerdo el inicio. ¿Una explosión de luz? … infinitos colores y sensaciones… la plenitud del todo, -dijo el hombre- pero cada vez me cuesta más recordar. La luz, la plenitud, ese primer instante, ¡hace tanto tiempo ya!…
¿Cuánto tiempo?
Ya casi no recuerdo...

Por eso vengo en tu ayuda, -dijo el ángel con voz clara y sonora- ¡debes confiar!

Mis extremidades, -dijo el hombre con angustia- ya casi no puedo moverme. Y siento muy dentro de mi pecho una extraña sensación, una falta, una necesidad, ...de nada, ...de todo …de algo que no conozco. ¡No sé, no me lo explico!

No temas hombre, -dijeron los ángeles al unísono- tu hora está llegando. Debes pasar por esto, a todos les llega. Todo debe cumplirse, como siempre se ha cumplido y como siempre se cumplirá. Algunas veces antes, otras algo después, pero el inexorable paso es necesario. No hay después sin este paso trascendente.

Tengo mucho miedo -dijo el hombre- ¿qué me espera? … ¿cómo es el después? ... ¿pueden explicarme?

¡No! -dijeron los ángeles con potente voz de trompeta transformada en eco apenas desdoblado- ¡Es cuestión de Fe, sólo debes confiar! No hay distingo, no te puedes oponer. Cuanto más te opongas, con mayor fuerza se cumplirá. Cede al amor y confía en Él… ¡Él te guiará!

Pero yo no quiero, -dijo el hombre- ¡no quiero pasar por esto! ...aunque me encuentre en este estado, lo conozco, lo soporto. ¡No conozco lo que viene y tengo miedo!

¡No! -dijo uno de los ángeles- No se hará tu voluntad, querido hombre, sino la del Creador. Debes recordarlo siempre.

¡Ahora y también después! -dijo el otro ángel, con voz totalmente desdoblada y cada vez más lejana.

¡Después, después! -se quejó desorientado el hombre- ¿Después qué? ...el después no tiene sentido para mí, estoy aquí, ahora... y siento miedo! No quiero pasar por esto, por favor, te suplico ángel mío… ¡dame un poco de tiempo más!

¡No hombre, no! -responde el ángel cercano con extraña firmeza- ¡Puja con fuerza, puja ya! ... ¡Puja por tu vida hombre, puja... puja! ¡No es momento de titubear!

-¡Puja! ... ¡Puja por tu vida, mujer! -se oye, desde lejos, la voz del otro ángel- ¡No lo quieras retener! Pártete en dos, desgárrate, sangra y sufre, que la Ley se cumple, para eso está.

¡Ya es hora de alumbrar!


De la serie "Reflexiones"
G. Porten

27 septiembre, 2015

Perdón

¿Perdón? dijo el taxista apantallando una oreja con la mano y quedó esperando.

Perdón, dijo el conferenciante después del estruendoso estornudo y prosiguió con su discurso.

Perdón, dijo un pasajero como al pasar, mientras empujaba levemente a otro que estaba en su camino.
 Perdón urbano, el de la cortesía actuada para felicitarnos mutamente por nuestra deferencia hacia los demás o por el eficicaz ocultamiento del atropello.

Sin embargo es el gran perdón, el que talla cuando somos conscientes de que nuestro universo personal comprende al del otro, y al de "todos los otros nosotros" de la Creación. Entonces el amor verdadero ocupa todo el universo, porque el universo, existe sólo por Amor.

Y el amor jamás requiere del perdón. No lo necesita.

Es hora de perdonarnos a nosotros mismos y, comprendiendo al fin la verdad que ilumina nuestra existencia terrenal, dejarnos alcanzar por el gran perdón de Jesús crucificado, ese que nos perdonó aún antes de arrepentirnos; porque "no sabíamos lo que hacíamos".

Ahora sí, pidamos perdón; en nuestra doble condición de perdonados y empedernidos reincidentes en la falta de Amor.
¡Perdón!

20 septiembre, 2015

Miedo al futuro


- ......
-Y apenas aparecieron, les disparé. ¡Los emboqué de una!
-¿A los dos?-
-No, uno quedó destrozado, pero vivo.-
-¿Y lo remataste?-
-No. Ya estaba recuperándose...-
-¿Entonces?
-Retrocedí. De paso despaché a machetazos al de la entrada.-
-Y entraste por el costado… ¿Viste la puerta?-
-¿Puerta? ¡No! Esa es una trampa, por si acaso le puse dos granadas.-
-¿Y cómo entraste?-
-Rompí una ventana, del lado de atrás.-
-¿Y?-
-Encontré al herido de espaldas, levantándose. Le lancé un hacha que le quebró la columna. Cuando cayó, le salté encima y ahí nomás, le reventé la cabeza a mazazos-

-¡¡¡Faaaa!!!   ...ese jueguito es una maza.  ¡Mañana juego con vos! ¿Dale?-

De la serie "Atrocidades varias"
G. Porten

Miedo al olvido

Con sus últimas fuerzas, impulsa la silla de ruedas logrando guarecerse bajo el limonero.


Totalmente empapado, tiembla expuesto a la impía brisa matutina.
Apenas logra morder el limón arrancado como por instinto.
¡No! -piensa confuso- …eso sólo hará más agrio el final… 

Amanece.

Desfalleciente, suelta el fruto y deja caer los brazos, su cabeza se inclina.
En el oscuro caserón se enciende la primera luz, mientras la suya se va apagando.

-¡Estúpida bestia bruta!- …son las últimas palabras que oye como perdiéndose en el éter que parece transportarlo.

Ya no oye lo que sigue:
-¡¿Otra vez te olvidaste de entrar al abuelo?!-

De la serie "Bestiadas"
G. Porten

09 agosto, 2015

Cinco sentidos

Percibo el aroma a café del viejo bar. Oigo el rumor del tránsito y de la
gente cercana. El frío entumece mis dedos, pero las yemas alcanzan a
encontrar la tersa textura del chocolate, que desenvuelvo dentro del
bolsillo. Apenas después mi lengua juega con él, lo degusto revolcándolo por
toda la boca con placer supremo, lentamente.

¡Y mi sexto sentido, impotente, incapaz de imaginar al quinto, que está ausente!

De la serie "Reflexiones"
G. Porten

02 agosto, 2015

La ira

Blandiendo el machete ensangrentado, con el ritmo cardíaco fuera de control, enrojecido su rostro salpicado con sangre y chorreando sudor, contempla la mano que tiene en la mano.
Incapaz de contener la furia interior, vuelve a impulsar la herramienta apuntando sin compasión; si la mano derecha, entonces el pié izquierdo, piensa furioso ... y por último el golpe entre las piernas, el más tremendo y tajante, el más humillante, ¡para mal mayor! Nada mortal. Que sufra por años, que la vejez no lo mutile peor.
Que estalle en horrores y le falle el suicidio; que quede postrado, ciego y sin voz.
Indefenso el maldito, lo mira aterrado, esperando la muerte que lo esquiva esta vez. Sus triviales pecados tan iterados, han mudado de cuerpo, se han desbordado; habitan ahora en el iracundo feroz.



De la serie "Pecados capitales"
G. Porten

26 julio, 2015

La pereza

¡¿Hoy?! ¿Ahora mismo tiene que ser?


Nos vemos el sábado y lo charlamos con tiempo, tirados en el sofá, tomando algo -recuerda lagrimeando su propuesta de ayer- mientras retumba en sus oídos el golpeteo los primeros terrones, cayendo sobre la tapa del ataúd.


De la serie "Pecados capitales"
G. Porten

19 julio, 2015

La gula


Sus ojos permanecían clavados en la figura distante. 
No tenía hambre, simplemente sintió ganas de disfrutar del sabor y la frescura de alguna de las frutas que le habían traído. 
Tomó, casi con desdén, un racimo de uvas de la fuente con agua fresca y lo estudió minuciosamente.
Las gotas de agua caían destellantes, reflejando la luz del sol del atardecer, y las uvas mojadas, aún goteantes, evidenciaban aquí y allá, de a chispazos, la secreta esencia de los rayos luminosos. 
No lograba decidirse por ninguna en particular, todas lo invitaban con su incitante exuberancia al placer supremo, al disfrute. 
Recostando el racimo en la palma de su mano, lo giró y lo volteó varias veces, estudiando detenidamente la fruta y el discurrir de las gotas de agua. Por fin decidió ser generoso y no dar preferencia a ninguna en particular. Acercándose el racimo a la boca, abierta al máximo, hincó lentamente sus dientes en él, haciendo estallar varias uvas al azar, muy lentamente, una tras otra.
Sintió el suave rocío de las ínfimas y dulces gotas chocando blandamente contra su paladar, recorriendo su boca de a pequeños torrentes, envolviendo su lengua y escurriéndose por debajo; despertando el placer al punto de desconcentrarlo por un instante en su observación.
Al intenso goce frutal le siguió un gran trago apurado y levantándose violentamente de su asiento de piedra, con expresión demoníaca, insultó groseramente al gladiador que acababa de morir en la arena, arrojándole con desprecio el racimo mordido.
¡Todo había terminado mal! 
Se sentía defraudado. Había ponderado en público a ese gladiador mediocre y estaba furioso consigo mismo.

¡Malditas uvas!


De la serie "Pecados capitales"
G. Porten

Avaricia criminal

Exijo lo mío; lo que me corresponde. ¡O sea todo! Desde hoy me haré cargo de cada minúsculo detalle, de cada ínfimo movimiento, vivirás de lo que yo te conceda. Y agradece que así sea; piensa en lo generoso de mi actitud. Si no fuese por mí, … ¿qué sería de ti?

Debes reconocer que fui yo quien te introdujo en el negocio, y todo lo que tienes me lo debes a mí.

¡Me-lo-de-bes!

O sea, sigue siendo mío.

Absolutamente y totalmente mío.

También estos inútiles que tienes de laderos van a tener que poner las barbas en remojo, no habrá más excusas por supuestas "pérdidas inevitables", si no saben cuidar de mi mercancía, que mueran en el intento. ¡Para eso se les paga, carajo! Ahora quiero ver las muestras del último embarque, pesadas con precisión; nada de merma, no como suelen…

El aire bajo la mesa se expandió violentamente haciendo flamear el mantel y el ensordecedor estruendo dejó a todos petrificados. Sólo uno del grupo, el que acababa de pronunciar sus últimas palabras, pegó leve un respingo abriendo desmesuradamente los ojos por última vez. Lentamente su corpulencia fue deslizando la silla hacia atrás y bajando hasta quedar tendido en el suelo.
 Bien señores, -dijo el individuo sentado frente al lugar vacío -creo haber dejado bien en claro de quién es quién en mi negocio. Las condiciones son las mismas, ¡pero ahora me rendirá aún más! ¿Alguna pregunta?-

De la serie "Pecados capitales"
G. Porten

12 julio, 2015

La soberbia (de soberano a Soberano)

Arrogante, grita ardiendo en llamas, insultando a Dios vuelto de espaldas:
¡¿Yo?! ... ¿Por un poco de sano egoísmo?

¿Por pequeños lujos que me correspondían?

¿Por algún festín o pernada concedida?

¿Qué dices? ... ¿Por lo impío de mi ceguera? 

¿Acaso te han engañado los ojos suplicantes de aquellos burdos labradores tras los muros del castillo?

¡Envidian mi poder, mi linaje e hidalguía!

¿Quién otro lo hubiese merecido?

¿Qué sería de esos pobres ignorantes sin mí?

¿Pero qué sucede? ¿Soy acaso el único condenado?

¿A cuántos más has destruido por semejantes nimiedades?


¿Es que no hay justicia en este cielo?

De la serie "Pecados capitales"
G. Porten

La envidia

¡La preferida del burdel! ¿De qué se las da? 
Hace unos años yo también tenía ese cuerpo, así es fácil poner condiciones. 

Sin embargo de nada te servirá, -pensó-  la suerte está echada, para eso sirven viejos favores, prestados a tantos señores.

"Una mano lava la otra…" fue la fórmula sencilla.

-Recuerda cariño que yo arreglé lo de tu esposa, y tú tienes, sin duda, a quién encargar esto.-  le había dicho al hombre, y sin más, el pacto de sangre había quedado sellado.

Esa noche, en su cuarto, aguzó el oído y lo pegó a la pared. 

Los conocidos gemidos tantas veces fingidos y un sordo alarido le anticipaban el fin. Se produjo un silencio y se oyó un quejido, como un ahogado grito de horror, y la voz de aquel hombre llamando a la calma: 
-No temas. Tranquila que estoy con vos. Del otro asunto, no puedo evitarlo, encargué a un amigo, aquel apodado “el rata perdigón"-

Golpean la puerta. 
-¿Quién es?- pregunta balbuceando.

La respuesta es del “rata”, pero claro, no le conoce la voz.


De la serie "Pecados capitales"
G. Porten

11 abril, 2015

El basilisco

¡Te he visto por el espejo, monstruo milenario, ...y tú a mí!

¡Qué pérfida trampa tu aparición artera!


 Desde el rincón mas oscuro, exactamente a mis espaldas.


Y yo exaltado, me acerco al espejo para verte mejor.

Y así quedamos, en esta dimensión paralela. Los dos exánimes, petrificados; tal vez fuegos fatuos para futuros espantos.

Pero tus pérfidos ojos, maldito culebrón cresta de gallo, seguramente no lograron esquivar tu propia imagen al exhalar yo mi último aliento y desfallecer.

¿O es que lograste intuir mi última mueca, y cerraste los ojos al cruzarse nuestras miradas?


De la serie "Mitos y leyendas vernáculas"
G. Porten

10 enero, 2014

La ruleta inversa

De los seis tiros introdujo sólo cinco en el tambor de su revolver, lo hizo girar con destreza e impulsándolo con el pulgar lo cerró.

Al apoyar la boca del cañón en su frente, mirando fijamente la sexta bala apretada entre sus dedos, sintió estremecerse su cuerpo, erizarse su piel, secarse su boca, mientras en su garganta la adrenalina hacía sentir su presencia.

¡Nunca antes había llegado a este extremo!

Cerró los ojos y después de algunos segundos interminables apretó el gatillo. Oyó el clic del martillo, golpeando en falso.

Por un momento creyó haber superado el nuevo y mayor reto a los que se había hecho adicto. Sin embargo al instante, la artera lanza de la muerte lo alcanzó a traición.

En un rincón de la sala velatoria, la viuda inconsolable, los hijos y algunos amigos, rodeando al oficial de la Policía Científica, fueron informados con precisión: Evidentemente, -dijo el oficial- fue víctima de un ataque criminal, lo demuestra el nivel de adrenalina en sangre y la bala faltante encontrada en el suelo; producto seguramente del nerviosismo y la premura con que quiso defenderse.

Lamentablemente el corazón le falló, lo que puso en fuga al atacante.

Pero lo vamos a encontrar, casi podría asegurarlo; una vecina acaba de describir detalladamente un sospechoso merodeador.

De la serie "Bestiadas"
G. Porten

22 junio, 2013

Espejismos

Al sonar el despertador, casi como en sueños lo apaga, reprimiendo los sucios y viscerales rencores contra ese amigo electrónico, que cumpliendo fielmente sus propias órdenes de recordarle diariamente el comienzo de sus obligaciones, es a la vez el impío verdugo de su paz matutina. Lentamente se incorpora y sentado en la cama, va tomando conciencia de la inevitable necesidad de levantarse y enfrentar el tedioso día, tal como lo había venido haciendo durante los últimos catorce años. Con el desgano habitual se pone las pantuflas, se incorpora con dificultad y se encamina al baño.

-¡Buenos días!- se dice a sí mismo frente al espejo empañado por las apretadas volutas de vapor que suben desde el lavabo turbando su visión. Al limpiar el vidrio con la toalla, queda atónito frente a un espejo vacío, sin su imagen ni ningún otro reflejo de los que deberían encontrarse allí a esa hora matutina.

-¿Qué es esto?- piensa en voz alta, mientras pasa otra vez la toalla. Ahora sí, como si el espejo hubiese despertado, comenzaba a emitir ciertas imágenes que aún irreconocibles, se iban dibujando desde su interior. Es normal que un espejo distorsione algo las formas, de hecho todo lo que se le enfrenta es cuidadosamente procesado y devuelto en forma horizontalmente inversa, pero era la primera vez que Polidoro veía su rostro reflejado en positivo, es decir, con el lunar de su mejilla derecha a la izquierda de la imagen reflejada.

Al observar más atentamente, ve su gesto dormido y su boca moviéndose como pronunciando el... -¡Buenos días!- que había balbuceado hace instantes. Azorado por la visión, queda atónito viendo sus propios movimientos de entrada al baño y de nuevo la oscuridad del espejo apagado, al apagarse la luz en la imagen reflejada.

Luz encendida, espejo apagado.

Largos minutos queda Polidoro sentado sobre la tapa del inodoro meditando sobre el extraño comportamiento del espejo, que inmutable, permanece oscuro, a pesar de las continuas fregadas que le da con la toalla.

De pronto el espejo se vuelve a iluminar, con su propia imagen entrando de espaldas al baño y siempre en reversa, lo muestra cepillándose los dientes, comenzando con un movimiento labial inverso correspondiente al -¡Ta mañana!- de la noche anterior y finalizando con el baño vacío luego de salir, caminando hacia atrás y cerrando la puerta.

Luego de largo tiempo de elucubraciones de todo tipo, Polidoro llega a la irrefutable conclusión de que su espejo ha cambiado la propiedad de invertir las imágenes, por la de invertir el paso del tiempo. Recién ahora escucha el golpear de los integrantes de su familia, desesperados, pensando que algo le ha ocurrido.

-No es nada Dorotea- dice con voz que simula calma, -...sólo se me rompió el espejo.-

Soeces maldiciones de su mujer se escuchan desde afuera, mientras Polidoro desmonta el espejo del marco, viendo como si fuese por televisión, el desfile de imágenes en reversa que muestran a su familia cepillándose los dientes la noche anterior.

Envuelto el espejo en su bata y escabulléndose de los demás, Polidoro se encierra en el galponcito del fondo, al cual ya llega su familia con gran aflicción a preguntarle por su extraña actitud.

-No es nada... No es nada- responde desde adentro, -sólo se rompió el espejo...-

Otra vez insultos desde afuera y su mujer diciendo:
-¡Ya basta Polidoro… Vos cada día más loco... !Loco!... Mirá que por un espejo...-

Desenvuelve Polidoro el espejo y lo pone frente a sí. 
Sobre el cristal, su mujer entrando (¿o saliendo?) de la ducha, haciendo gestos. Saca la lengua en toda su extensión, ensaya un gesto de audaz coquetería, se pone de perfil destacando el busto y rozando sensualmente sus pechos, mientras inclina hacia atrás su cabeza.

Mira Dorotea de reojo a su marido desde el cristal. Se acerca violentamente al espejo. Asustando a Polidoro que da un respingo y retrocede un paso. Ve como Dorotea abre su boca e introduciendo el índice derecho, hurguetea con sus largas uñas entre las muelas, hasta quedar frente al espejo con la boca abierta mirando su interior, como buscando algo. Sale del baño en reversa. 

Polidoro vuelve a respirar, no quiere salir del galponcito, afuera su mujer pidiendo por favor que desista de su ostracismo.

-Pero mujer... ya voy... es sólo el espejo...-
Otra vez oye alejarse a su esposa y la frase que se pierde por entre el jardín
-¡Que espejo ni qué carajo!-

Polidoro se siente culpable..., no sabe qué hacer. Mira el espejo y ve a su hijo menor; calzoncillos en los tobillos, sentado con las piernas colgando del inodoro. Gesto de sonrisa forzada en su rostro y manos en la tabla. Pasa un tiempo. Se levanta el infante y al subirse el pantalón, dos canicas se despegan del piso recorriendo un extraño arco en el espacio, desafiando la gravedad, hasta introducirse en el bolsillo. En reversa abandona el íntimo recinto, con un apuro de esos que pueden leerse en el rostro. Sonríe Polidoro. Se serena pensando en su hijo menor y en las instancias tan dramáticas que le valieron a Jacinto el reto del día anterior, cuando Dorotea se quería duchar. 

Mezcla de curiosidad prohibida y cobarde intromisión, ve pasar las imágenes, los secretos gestos..., la desnudez de uno y otro..., la intimidad violada, como un espectáculo montado para él por artistas conocidos a quienes recién descubre.

Ya de tarde Polidoro se impacienta, siente culpa por la violación; por él cometida pero instigada por el pérfido espejo. Dorotea insiste en que abandone el galponcito, furibunda por lo irracional de su actitud, lo emplaza, le advierte, lo amenaza.

Polidoro pide tregua, -Un momento... ¡ya va, mujer!- no tiene forma de explicar. Lleva consigo la intimidad de los demás y se avergüenza. Ya es tarde, ya vio lo más íntimo de su familia y a ese ilustre desconocido ridículo, que es él mismo. ¡Que vergüenza!… ¡No puede dejar que vean su imagen, sus actitudes... esos gestos, tan..., también...!, quién iba a saber que el espejo...

-Un espejo es un espejo- piensa. Y hay un derecho que uno tiene sobre todo lo que guarda ¿o no?-

Siente ira contra el objeto que no supo guardar dignamente como todos los demás espejos del mundo, la privacidad de quienes confiaron ciegamente en él. El espejo lo domina con su incesante desfile de imágenes, gestos y contorsiones, tanto de otros como propias, hasta la de algunos amigos que ayer vinieron a verlos de paso.

-¡Ah, no!- piensa, mientras empuña el martillo, -No has de vivir lo suficiente para mostrarle al mundo entero nuestros pudores.-

Impulsa la herramienta, convertida en lo que parece ser su única arma aliada, que al chocar, hace añicos al indefenso espejo. Pero al observar el rompecabezas en el suelo, ve en cada fragmento la imagen completa en miniatura. Desespera y vuelve a golpear, y con cada golpe sus vergüenzas se hacen más pequeñas pero más numerosas. Queda tendido en el suelo, rendido de tanto golpear, rodeado de infinita cantidad de pequeños trozos del tozudo espejo, tan pequeños como granos de arena, pero cada uno mostrando las mismas imágenes que transcurren en reversa.

Escucha como alguien rompe la puerta. 
Voces desconocidas que le hablan con calma. Solo pide que no miren los granitos, ruega, implora… -¡Que no estudien el espejo !-

Dorotea a un lado, con gesto angustiado. Los hombres de guardapolvo lo levantan del piso y lo quieren ayudar a incorporarse. Polidoro se resiste a abandonar su actitud destructora, defendiendo con el resto de sus fuerzas su inútil armamento del asalto que sus indiscretos enemigos se lo quieren arrebatar, seguramente confabulados con el espejo traidor.

Siente el pinchazo de una aguja; la invasión del torrente que ahora lo viola a él y las fuerzas que lo abandonan. A su alrededor los gestos consternados de rostros conocidos y la serena expresión del hombre de guardapolvo fingiendo una sonrisa, que se va desdibujando hasta desaparecer.

Duerme Polidoro.

Duerme profundamente y al despertar, en su cama, con los ojos desmesuradamente abiertos mira la puerta del baño. Teme levantarse. No quiere enfrentarlo. Mientras tanto, aún inadvertido, el espejo de la cómoda lo muestra tratando de arreglarse el nudo de la corbata la mañana anterior.



28 enero, 2013

Partir

Debes partir presto, en este instante rotundo,
con la lógica fría del destino inclemente.
Pues del otro lado, ya te espera todo un mundo,
distinto de este, pero con cada cual presente.

Sé firme y confía en este paso trascendente,
que como siempre aconteció, traduce presentes,
la cadena de amados expulsados y dolientes
que pasan, sin regresar jamás al viejo ambiente.

De pronto la luz, un sol resplandeciente,
que estalla en tus ojos con fulgor supremo.
¡Te sorprende la palmada y el llanto primero!

Los colores te envuelven y de pronto el aliento,
bienvenido al mismo mundo, pero de este lado,
¡Compartiremos la senda! …aunque sólo un tiempo.

De la serie "Reflexiones"
G. Porten

05 marzo, 2012

Comunión profana

Cual si fuese un moderno confesionario, el cajero electrónico del Banco Plaza se encuentra apretujado entre el edificio del banco mismo y el kiosco "Pancho el Rápido" instalado hace un mes. A él concurren ansiosos más peregrinos que los que recibe el cura de la iglesia de enfrente, quien aún sin cobrar la consulta, no logra contar con la cantidad de fieles que desearía. Tal vez por la infame prisa que enceguece al mundo, o por el afán cada vez más enquistado en los hombres de sobresalir del resto de sus iguales por la chatarra material, símbolo del poder, la gloria y la supremacía de su fugaz propietario, a veces ostentada sin el menor recato frente a los rostros afligidos de quienes, impotentes, miran sin comprender el por qué de su explícita inexistencia.

Al llegar su turno, el hombre desenvaina su tarjeta plástica de admisión al reino terrenal. Luego de pasarla por la ranura, con la banda magnética correctamente orientada, como indica el severísimo mandamiento enunciado en letras rojas sobre el letrero autoadhesivo de la puerta, el dios Banco permite a su adorador, el acceso al pequeño recinto. Ya se siente mejor el infeliz, al saber que a pesar de sus pequeñas faltas, el dios lo admite, aunque sea para confesar o recriminarle su licenciada existencia.

Nuevamente, con sumo cuidado y cierta angustia, introduce su tarjeta en la ranura de acuerdo a los correspondientes mandamientos autoadhesivos, esta vez de color negro, adosados a un costado del pequeño gabinete. La pantalla se ilumina, dejando ver el siguiente precepto: ...control de posesión lícita y no caduca del plástico temporalmente retenido.

Desposeído momentáneamente de su credencial de existencia, el hombre sufre durante algunos instantes el temor al rechazo liso y llano de su presencia, con el agravante de que en tal caso el dios Banco no le restituya el plástico existencial. Al aparecer en pantalla las opciones de operación, vuelve a sentirse poderoso. Sabe que luego de sus actividades recuperará el símbolo de su dignidad.

Primero teclea el pulsador de confesiones, el cual inmediatamente muestra en letras de cristal los pecados cometidos contra el dios en el último período y fija de antemano los tributos que le deberá rendir, a fin de no quedar provisoriamente excomulgado, cosa que al hombre aflige en modo sumo.

Transpira el mortal, dentro del cubículo de cristal. En su mente, turbulentos pensamientos lo abruman y los mágicos números de la cábala matemático-contable que danzan frente a sus ojos lo marean. En su diálogo con el supremo, se mezclan deudas contraídas, haberes impagos, pagos, compras, intereses, punitorios, costos, cuotas y otras yerbas. De tanto en tanto un vago recuerdo de los placeres que debería tener en su haber por tanto pecado monetario de pantalla perturba su accionar y hasta lo incomoda.

De repente el poderoso dios lo ilumina. Resplandeciente y soberbio aparece el fallo del supremo, quien le aclara el pensamiento, le indica su destino, le hace sentir su presencia. Llegan las amonestaciones y fuertes advertencias y por fin, al cabo de unos instantes de gran tensión, recibe la comunión profana tan ansiada: un pequeño fajo de billetes, su preciada credencial y el certificado de comunión, que lentamente van saliendo por diversas ranuras.
    
Al darse vuelta en su estrecho habitáculo, siente un agudo dolor que lo sorprende como una estocada en pleno pecho. Cae golpeando contra el cristal de la puerta cerrada, viendo como desde afuera el próximo creyente de la cola lo mira con espanto. El mundo sube a su alrededor, mientras él, impotente, va bajando con el fajo a medio meter en el bolsillo, aferrando con una mano el picaporte y con la otra el emblemático plástico redentor.



Ya en el piso y con la puerta trabada por su propia corpulencia, divisa por entre las piernas de dos personas que pujan por abrir, las copas más altas de los árboles de la plaza y la cruz de la iglesia de enfrente, que serena lo sigue llamando, …en vano.




De la serie "Religiones profanas y mundanas"

G. Porten

15 enero, 2012

Cronología de un amanecer


Aunque la noche es cálida, de vez en cuando se cuela una brisa fresca por entre las casuarinas cuyo suave zumbido parece responder, acompasadamente, el batiente parloteo de las hojas del álamo plateado, que marca, solitario, el comienzo del monte agreste.
El firmamento, pleno de estrellas destellantes y luminosos planetas, parece más cercano que nunca en esta noche de luna nueva de principios de verano, y vuelca su tenue luz sobre la tierra, demarcando muy suavemente el paisaje.
Sentado sobre uno de los escalones superiores del muelle José espera el arribo de Martina, apenas iluminado por el farol a kerosén cuya luz pretende hacer las veces de faro, apoyado sobre el banco.
Desde la casa llegan, de tanto en tanto, los sordos quejidos de María, recostada sobre el viejo camastro de mimbre, a la luz de una vela solitaria. La acompaña el crujir del fuego en su cocina a leña, y el borboteo del agua hirviendo en la gran olla colocada sobre la plancha de acero.

De tanto en tanto el hombre desanda el corto sendero que los separa, se queda por unos instantes tratando de tranquilizar a su amada, y vuelve a su puesto en el muelle.
Por fin, luego de la impaciente espera, cree adivinar a lo lejos algún que otro destello muy débil. Se incorpora, toma el farol y lo agita con vehemencia, parado sobre el banco del muelle. Al cabo de unos minutos reconoce una respuesta que no puede sino provenir del bote de Martina: los primeros ecos lejanos de su voz, el golpeteo de los remos en los toletes y los característicos chasquidos en el agua.

Al acercarse, parada sobre el estanco de proa del pesado bote de madera, Martina saluda brevemente y arroja con precisión el cabo. José lo ataja y lo amarra, recibe la canasta con los utensilios, le ayuda a desembarcar y la acompaña iluminando el sendero en dirección a la casa.

Al llegar al claro, donde se encuentra el molino, los sorprende el resplandor de una enorme estrella fugaz que un instante más tarde se apaga casi en el horizonte, detrás de la casa.
-Buena señal- comenta brevemente Martina… y José asiente en silencio.

Ambos entran a la casa y el lugar se ilumina cuando él cuelga el farol del gancho que hay sobre la rústica mesa que domina el ambiente.

Martina acaricia y tranquiliza cariñosamente a la asustada y gimiente María, mientras José le toma la mano y le ayuda a recostarse sobre la mesa. En silencio queda a la espera de las indicaciones de la matrona.

Transcurren largos minutos de gemidos y palabras entrecortadas, algunas temerosas otras serenas. Oleadas de intenso dolor con lapsos de descanso y agitada respiración. Una rápida y diestra incisión quirúrgica sorprende a María que ya no tiene fuerzas para preguntar, porque una tras otra, las contracciones son cada vez más intensas y dolorosas.

-¡Duele mucho!- estalla en un grito entre dolores, -¿qué pasa?… ¡hacé algo, de una vez!… ya viene otra, y… ¿y ahora qué?-

-¡Pujá fuerte!… ¡pujá ya!- La serena pero imperativa respuesta exaspera más aún a María y la enfurece. Y la furia hermanada con el miedo, el dolor y el saber que es así como debe suceder, se traduce en pujos más y más fuertes. Siente que cada pujo es el límite de su resistencia… pero siempre resiste uno más… y otro, y otro, hasta que un grito no contenido, anuncia el principio del fin de la espera.

-Viene bien. Tranquila, seguí así, que viene bien- insiste Martina entre gemidos y palabras entrecortadas.
-Ayudá presionando acá.- le ordena bruscamente a José -¡Fuerte y sin miedo hombre, que no es hora de titubear!-

La siguiente contracción logra expulsar la cabecita del niño que Martina sostiene entre sus manos, ayudando con sus dedos a girar el delicado cuerpecito. Tras algunos pujos más, el niño queda totalmente en manos de la mujer, quien se sorprende con el espontáneo llanto primero, lo que hace brotar emotivas lágrimas de felicidad a los tres.

-¡Es varón... ya te decía yo!- le informa Martina colocando al niño sobre el pecho de María por unos instantes, mientras hábilmente ata el cordón en dos lugares y realiza el corte preciso que marca el comienzo de una nueva etapa en ambas vidas, ahora separadas.

José asiste a la matrona: le alcanza paños húmedos para higienizar al niño mientras ésta lo revisa minuciosamente, limpia su pequeña boquita y sus narices, y de vez en cuando, coincidiendo con las contracciones de María, presiona su vientre para concluir el proceso.

José se encarga de la segunda palangana que recoge los fluidos, el resto del cordón y los tejidos expulsados. Martina se acerca, acomoda los restos y observa con atención.

-Está completa- dice luego de unos instantes, y dejando al niño en manos de José completa la higiene y las curaciones a la joven madre, que más relajada comienza a sentir un profundo cansancio tras el tremendo esfuerzo. De todas maneras, con alegría y con llanto no deja de observar al niño que José sostiene para ella, se graba sus rasgos, le cuenta los dedos… de manos y pies…

El niño y su madre duermen. Ella en el camastro de siempre y el pequeño en la cunita de madera rústica, envuelto en suaves mantillas que ambos supieron prepararle. 

María sueña con su nuevo mundo de a tres. José y Martina toman unos mates en silencio, sentados en el banco, bajo el alero de la entrada. 

Una vez en el muelle, se despiden con un abrazo y él le ayuda a embarcar. Los primeros pájaros comienzan a trinar su concierto diario y en el horizonte, al ras del agua, el cielo comienza a insinuar tímidamente el nuevo día.


Amanece una nueva vida.


De la serie "Miscelánea"

G. Porten

07 enero, 2012

Cuestión de principios

El silencio de la noche islera se va perdiendo, herido por cada vez mayor número de aves que lo perturban. Toda la naturaleza de los alrededores comienza a desperezarse, como a diario lo viene haciendo desde que el mundo es mundo. Primero, una a una las gallinetas, con sus gritos estridentes sobresaltando la paz de la madrugada, luego, lentamente los otros pájaros. La risotada de los horneros, el silbido burlón del bicho feo, el dicharachero chismorreo de cotorras y chingolos. Muy a lo lejos se escucha ritmicamente el ruido del agua herida por los remos de un viejo y pesado bote, y los golpes acompasados de los remos de madera contra los toletes metálicos.

El sol comienza a esfumar la bruma, haciendo cada vez más nítido el paisaje eternamente cambiante y comienza a delinear el perfil del viejo Zoilo, que baja a hacer una reparación urgente en una de las casitas que alquila para "fin de semana" a nerviosos y apresurados huéspedes de la capital, que así tratan de relajar cuerpos y mentes, no siempre con éxito.

Al acercarse al recodo, comienza a escuchar los golpes, el chapoteo y las voces de dos hombres que lidian con los pilotes de un viejo muelle abandonado, tratando de extraerlos infructuosamente del fango del fondo.

Al aproximarse, los saluda respetuoso - Buenas, Don Fernando, buenas Don Gastón. -

- Buenas Zoilo, ¿madrugando ? - le contestan desde tierra.

- Pa' provechar la fresca, después al mediodía, es  imposible ¿vio? 
¿Así que le terminó el muelle nuevo el Félix ? - pregunta Zoilo como si no supiese.

- Si, ahora andamos renegando con los pilotes del muelle viejo, son un peligro. Además la lancha no se puede acercar y hay mucho “enganche”. -

- Bueno, suerte Don, hasta luego. - contesta Felix a modo de fugaz despedida y sigue su rítmico remar, con los pensamientos enredados en los pilotes, mientras enfila al segundo muelle después del muelle vecinal, a lo de Florio.

Ata Don Zoilo su bote al muelle de Florio, y con paso lento se interna por un sendero, abriéndose paso entre la espesura, blandiendo de cuando en cuando el machete para eliminar al paso las malezas más salientes. En su viejo y desgastado bolso de lona, lleva la herramienta y el cuero para reparar la bomba de agua de una de sus casitas.

A media mañana, ya terminada su labor, comienza a desandar el camino y vuelve a la costa.

- Buen día Don Florio. Hace como un mes que no anda por acá ¿como dice que le va? - pregunta respetuoso al pequeño empresario que le alquila desde hace años y que había llegado más temprano en su lancha.

- Bien Zoilo, gracias, ¿y usted? Yo anduve de viaje, por trabajo. Usted sabe, justamente vengo por el alquiler; bueno, y de paso, a ver, espéreme un segundito que le alcanzo.-

En dos largas zancadas se mete en la casucha y vuelve con el dinero que le entrega en mano a Zoilo.

- ¿Se toma un vermú Don Zoilo? - pregunta con sinceridad, mostrando la botella y el sifón que lleva en la otra mano.

- Siusté invita, Don Florio, le agradezco.-

- Siéntese hombre y conversemos. Digo, si no tiene apuro. Esta vuelta vine solo; las chicas tienen sus cosas y mi señora se quedó en casa con ellas.-

 - ¿Apuro? ¡no! La patrona me espera a las doce, y ya hace sol. ¿Anda enferma alguna de las nenas ?- pregunta Felix intrigado.

- No. Para nada, es que tienen el "pijama party" en casa de una amiguita y se quedan a dormir. - contesta Florio apurado, mientras tras otro par de saltos trae algo para ir picando.

- Aaaah.- murmura Zoilo y piensa intrigado, -¿Pijama Party?- y como para disimular su ignorancia continúa con otro tema, -.Ahí andaban los muchachos que le compraron al Félix, tratando de desclavar los pilotes viejos. A la final le terminó el muelle nuevo el viejo atorrante ese. -

- Con este calor, van a renegar bastante.- comenta Florio mientras le va llenando el vaso, - ¿está bien así? -

- Si, gracias- contesta el viejo, completando con soda, y volviendo al tema,- no los vana poder desaflojar así nomás, el viejo Felix sabe, …le pidió mil doscientos por la changa-

Florio piensa un instante y con aire entre entendido e inquisidor, pregunta - ¿Pero, si tiran con un cable desde la costa, por ahí los sacan, no? -

- ¡Nooo! - contesta el viejo mirando el muelle de soslayo, - alomejor con un malacate, tirando de arriba, desde la casuarina. Pero malacate no tienen. Y así de última los van a quebrar de abajo a los pilotes, y le queda mas peligroso todavía, puntiagudos, y con agua alta es peor, ¿vio? Porque no se ven. -

- Y Usted Don Zoilo, cuando hizo el muelle de los Sosa, como sacó los pilotes viejos, flor de laburo habrá sido, ¿no? -

- ¡Nooo!, los Sosa no tenían tanto apuro como estos muchachos, ¿vio? Esperando la bajante, en la semana le fui atando un par de tambores vacíos a cada uno. Uno por uno. Bien amarrados, con la creciente salen solos, los afloja la marejada de cuando pasan las lanchas, y el agua hace su trabajo ¿vio? -

- ¡Le ayudó Arquímedes! - estalla sorprendido Florio, - ¡Qué bárbaro, no se me hubiera ocurrido! -

- Nooo, que Arquímedes !. ¡Yo solo nomás, …yo y el río ! - el viejo islero queda un instante pensando en el nuevo propietario de la isla vecina a la de los Sosa, ¿se llamará Arquímedes? ¿Arquímedes Vega? No me suena - piensa ensimismado, -está bien que es medio raro ese Vega, anda solo y viene poco. ¡Pero, que va a saber de muelles! -

-Bueno Don Florio, vio que le corte el pasto acá adelante, después vino la crecida y lo de atrás lo deje pa’ cuando seque un poco, ¿vio? -

-Está bien Zoilo,- le contesta el pequeño empresario, - igual las chicas no vinieron, ¡esta vez nos tomamos un fin de semana de descanso los dos!-

Si, los dos, piensa Zoilo, y como al pasar le pregunta, mirando el vaso a medio tomar: - ¿Ala final, no sabe si su compadre la va a comprar a la isla del fondo?-

-Viene la semana que viene con nosotros, y dice que entonces arregla directamente con usted, - contesta Florio, como si hubiese estado esperando la pregunta, -…pero no lo veo muy  entusiasmado, ...no sé. -

- ¡Quiero retruco! - piensa sin mover un pelo el islero, y termina el vaso de un trago. -entonces lo vemos con su compadre, Don Florio, pero el vermú lo traigo yo.

Ah, casi me olvido, le tengo unas ciruela remolacha pa´ la señora que le alcanzo cuando pase, a la tarde o mañana temprano, - y ya incorporado, se toca la gorra diciendo, - bueno, me tengo que ir yendo. ¡Gracias por todo, eh! -

- Chau Don Zoilo, hasta luego y mándele un saludo a la patrona.-

Vuelve el viejo a su bote. Lo desata, lo empuja hacia la corriente y se aleja hendiendo rítmicamente la pala del remo en el agua. Ruido de toletes y agua, van anunciando su derrotero. El sol del mediodía que "pega fuerte" reflejándose en el agua mansa, muestra al pasar los pilotes, orgullosas estalagmitas de madera, haciendo guardia frente a la isla de los muchachos que ya no están.

Sonríe Don Zoilo. El Félix tiene trabajo, aunque no se lo merezca, es un viejo vago ese.